Política

La máquina de la escritura

CONCIENCIA CRÍTICA   |   Miguel Ángel Huamán   |   Febrero 24, 2024

La escritura como recurso nemotécnico es una invención de la humanidad para conservar, desarrollar y transmitir ideas. A partir de esta los seres humanos fijamos los idiomas de nuestras colectividades, pero también desarrollamos cálculos complicados matemáticos y científicos que abrieron el camino hacia el conocimiento del universo. Asimismo, la palabra escrita hizo posible las ciudades-estado de las civilizaciones pasadas, cuyas leyes, reglamentos y convenciones impulsaron su crecimiento. En tanto sistema de representación gráfica de una lengua, por medio de signos trazados o grabados sobre un soporte, consiste en un dispositivo visual o perceptible, específicamente humano, de conservar y transmitir información. En ese sentido, la escritura ha sido y es la más sorprendente máquina inventada por la humanidad. Asumimos que sus signos visuales transcriben nuestro pensamiento, nuestras ideas, sentimientos, imágenes, sonidos. 

Sin embargo, como en el caso del lenguaje no debemos confundir la imaginación creadora propia de la cognición que se expresa gracias al poder simbólico del código verbal, con el contenido o resultado que se conserva como sistema de representación. Lo esencial del pensamiento radica en su capacidad creadora, que funciona a partir del saber anterior, que por oposición, mutación o invención imagina nuevos conocimientos. Si estos fueran simple información, resultado o producto de su acopio o descubrimiento tendríamos verdades absolutas e inmutables. Lo inherente al conocimiento consiste en su falibilidad; es decir, en su caducidad inevitable. Con otras palabras, la creatividad de nueva información resultado del pensamiento, cuya conservación constituye una memoria esencial para su continuidad y ampliación, no se puede confundir con el contenido o la información previa o ya existente.

Se entiende por el vocablo "máquina" un artefacto, un resultado u objeto "fabricado y compuesto por un conjunto de piezas ajustadas entre sí que se usan para facilitar un objetivo o realizar un trabajo determinado, generalmente, transformando una forma de energía en resultado, movimiento o trabajo". Es decir, un dispositivo, una "pieza o conjunto de piezas o elementos preparados para realizar una función determinada y que generalmente forman parte de un conjunto más complejo", cuya característica esencial radica en estar al servicio, al uso y empleo del ser humano vivo y natural. En ese sentido, la máquina biológica de animales y plantas emplea información estratégica para camuflar o mimetizar con la intención de evitar ser víctimas o para que otras especies se conviertan en presas. A diferencia de las especies vegetales o animales que elaboran componentes tangibles que funcionan a través de los sentidos (vista, olfato, temperaturas, etc.), los seres humanos hemos dado un salto cualitativo al respecto del dispositivo empleado que al ser mental e interior interactúa con nuestro pensamiento a través del lenguaje como cognición simbólica. Con esta competencia, como en la publicidad, por ejemplo, se busca a través del juego propuesto, que el interlocutor se sienta implicado y enlazado a responder al texto, a la enunciación para así proporcionar y recibir información pertinente.

En este siglo XXI, por la revolución informática y digital en curso desde las últimas décadas del anterior, asistimos a cambios radicales en el modo como la escritura nos instala en el mundo social actual. Esto implica también cambios radicales en la producción, presentación y circulación de los textos. Como han precisado estudios sobre la escritura y las culturas escritas (Ferreiro et al., 2013), en Internet hay datos escritos (verdaderos o falsos), tanto como hay imágenes fijas o en movimiento y sonidos musicales. En ese sentido, la máquina biológica de los animales y la máquina del ser humano tiene características muy distintas. Las interfaces entre esos diferentes tipos de datos es algo radicalmente nuevo, que da a los textos una peculiar inestabilidad. Por esta difusión y expansión a todos nos concierne la escritura y, sin embargo, no hay una disciplina que se ocupe de ella. Desde una mirada ingenua se podría argumentar que no hay dicha disciplina porque no es más que una técnica, una imperfecta técnica de transcripción de sonidos en grafías. 

La informática en los ochenta concibió máquinas y programas capaces de procesar de modo rápido y potente masa de informaciones en función de múltiples objetivos. En la década del 90 introdujo los sistemas expertos que exige a los procesadores más que realizar tareas automatizadas el mandato de evaluar propiedades específicas de un conjunto dado gracias a un dispositivo técnico en base a reglas definidas y un “motor” o fórmula de inferencias que permite deducir un estado de cosas o hechos. Todo ello es posible sobre la base de la regla de tres: superposición entre capacidad de almacenamiento, velocidad de procesamiento y sofisticación algorítmica o cálculo de soluciones. Esta etapa constituye la aparición de una facultad interpretativa otorgada a los ordenadores de manera insólita y novedosa.

De las dificultades investigadas que subyacen a la evolución de la escritura nos interesa retomar algunas para proponer una lectura crítica de este fenómeno, cuya culminación consiste en la incidencia cada vez mayor de la Inteligencia Artificial en nuestra colectividad. En primer lugar, la visión histórica sólo da cuenta de la transformación de la escritura mesopotámica a la griega, pero las escrituras asiáticas —la escritura china, en primerísimo lugar— resultan ser marginales, aunque la escritura china tuvo fuerte impacto en Japón y en Corea. Esta jugó durante siglos en Asia un papel similar al del latín en Europa. En segundo lugar, se supone que los hablantes de esas épocas históricas podían acceder sin mayor dificultad a las unidades fonéticas de la lengua, mientras que la investigación psicolingüística contemporánea muestra que eso es imposible en adultos analfabetos (incluso en poetas que practican tradiciones orales); más aún: ese fonema práctico, concretizado en una letra, tuvo que esperar más de veinte siglos para llegar a ser teorizado, lo cual debiera ser objeto de reflexión.

En tercer lugar, si la escritura alfabética fuera la cúspide del desarrollo, sólo se esperaría un perfeccionamiento de los principios alfabéticos en la larga histona que va del origen griego a la expansión en Europa. Sin embargo, se observa un fonetismo siempre defectuoso, compensado por múltiples dígrafos y diacríticos y; lo que es más notable, la introducción paulatina de procedimientos ideográficos en sistemas de base alfabética (lenguas con muchas palabras homófonas, el francés, por ejemplo) marcan en lo escrito diferencias de significado a pesar de la similitud fónica. En cuarto lugar, las investigaciones más recientes manifiestan que ninguno de los sistemas de escritura originales puede considerarse “puro”. Es decir, ciertos aspectos del pensamiento humano, como el saber espacial y la visión holística, no consiguen una plena adecuación a la linealidad inherente a la escritura alfabética. Por ejemplo, el sistema cuneiforme mesopotámico constituía una mezcla de logogramas, de signos con valor silábico y de signos categoriales silenciosos. 

Por último, una constatación de hecho: esta visión evolucionista supone que, una vez enterados de las ventajas inherentes a la escritura alfabética (reducción del número de caracteres, simplicidad del código) los usuarios de otros sistemas se plegarían a esta innovación técnica. Aunque en cualquier parte del mundo las invenciones técnicas sustituyen a las antiguas, sin embargo, eso no ocurre con la escritura en China y Japón. Ambos están bien enterados de cómo funciona la escritura alfabética, pero prefieren mantener sus propios sistemas de escritura, a pesar de explicitas presiones internacionales. Definitivamente, hay una conciencia intuitiva de que se pierde mucho más que simples matices cuando la simultaneidad de la voz, la función de la imagen y el factor sonoro cede su poder a una lectura silenciosa propia de la escritura sintagmática. Recordemos que ambos países mencionados han dado sobradas muestras de su capacidad para asimilar e incluso liderar los cambios tecnológicos de la modernidad globalizada. Si, como se ha dicho reiteradamente, sus sistemas de escritura fueran apenas tecnologías ineficientes para traducir sonidos en formas visivas, hace tiempo que los hubieran abandonado. 

La persistencia de esos sistemas suscita reflexión: ¿no será acaso que la definición de escritura utilizada en el llamado “mundo occidental” es insuficiente y marcadamente localista? ¿No será acaso que la fuerte identificación de un pueblo con su escritura —o con ciertas marcas peculiares— nos indica que la escritura de una lengua, una vez consolidada, es mucho más que una técnica utilitaria? Pensemos en la identificación de los hispanos con la letra eñe y en la de los franceses con el acento circunflejo. Afirmamos que una nueva ciencia debe asumir como objeto de estudio a la escritura. Sí, pero a la escritura en movimiento, ese incesante proceso de reconstrucción por el cual el sistema de marcas social y culturalmente constituido se transforma en la propiedad colectiva de cada nueva generación. Este proceso democrático y comunitario se pretende utilizar por la administración digital del mundo en curso, desde la hegemonía cultural y económica occidental, para a través de la Inteligencia Artificial imponer una facultad interpretativa verdadera al juicio computacional, con el objetivo de una racionalización informática de la vida futura, como ha advertido el filósofo Eric Sadin (2013). Del vínculo de este proyecto antihumanista radical en curso, la IA y el ChatGPT continuaremos reflexionando en la próxima entrega.

Ilustración: https://escribe.pro/flow/

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