Política

La mano invisible automatizada

CONCIENCIA CRÍTICA   |   Miguel Ángel Huamán   |   Marzo 31, 2024

El modo de producción capitalista basado en la explotación de la fuerza de trabajo, la supuesta libre competencia y el emprendimiento de los propietarios de los medios de producción surgió gracias a una mano invisible: el mercado. Adam Smith, el padre de la economía política, usó la figura de la “mano invisible” para describir el comportamiento inexorable y predeterminado de los mercados para fundamentar la ganancia que persigue todo empresario. “No hay nada malo con que toda persona busque su interés individual. En un mercado libre el efecto combinado de que todos busquen su interés beneficia al conjunto” (La riqueza de las naciones, 1776). Un siglo después, Karl Marx en El capital. Crítica de la Economía Política (1877) puso en duda dicho postulado al enfatizar que la única fuente de riqueza es el trabajo; es decir, la genera el obrero en las horas que labora por un salario, porque las máquinas no funcionan solas.

Al tratar a un ser humano como un objeto solo le paga lo que cuesta reproducirlo en condiciones mínimas de existencia (costo de cualquier producto o mercancía). Pero, en cada jornada laboral el proletario produce varias veces su salario en riqueza (mercancías), cuya realización en el mercado le otorga al capitalista un plusvalor o plusvalía de la que se apropia sin haber realizado ningún esfuerzo. La ideología burguesa reviste esta explotación como “talento para los negocios” (gestión, gerencia, manager, CEO, etc.). Sin embargo, la verdadera causa de los beneficios radica en la anarquía de la producción que traslada las pérdidas del trabajo productivo de otros como beneficios a los que producen con menos costo. No hay azar ni magia ni misterio solo oportunismo y desperdicio que genera constantes crisis de sobreproducción y escasez.

La predicción de Marx de la crisis inevitable del sistema capitalista se incubaba internamente como consecuencia de la permanente búsqueda de ventajas para la competencia. Eso lleva a la tendencia a introducir máquinas ahorradoras de mano de obra, sin embargo, conduce a una disminución relativa del capital variable (fuerza de trabajo) con respecto al capital constante (medios de producción, materias primas, etc.). Si bien hay una disminución relativa de la fuerza de trabajo con respecto a la invertida en capital constante, esto, no obstante, da como resultado una mayor inversión que se pone al alcance de cada trabajador empleado en la producción. Sin embargo, en última instancia, la cantidad de plusvalía obtenida por los capitalistas depende de dos cosas: la tasa de plusvalía y el número de trabajadores empleados.

Evidentemente, la introducción de maquinarias tiende a reducir el número de trabajadores y por lo tanto cambia la relación entre el capital variable y el constante, la relación entre el trabajo muerto y el trabajo vivo. Marx describió este proceso como una composición orgánica creciente del capital. Esto conduce inevitablemente, en igualdad de condiciones, a una tasa de ganancia decreciente. “Como se ve, la aplicación de maquinaria para la producción de plusvalía”, explica Marx, “adolece de una contradicción inmanente: está obligada a una constante mejora técnica que atenta contra la plusvalía y la ganancia”.

El economista belga Ernest Mandel, un siglo después de Marx, preguntándose sobre el por qué el capitalismo no ha entrado en crisis terminal como se anunciara, en El capitalismo tardío (1972), investiga sobre cómo es posible la continuidad del modo capitalista de producción y responde premonitoriamente que las fuerzas productivas han dejado de crecer, no solo por las guerras y la industria bélica que son evidentemente desperdicios y producción para la muerte, destrucción y por ende para la reconstrucción, sino sobre todo porque compensará el decrecimiento de las ganancias borrando la línea divisoria de lo legal transitando  hacia formas ilegales, concentraciones transnacionales e industrias del entretenimiento y el vicio,

Esa “mano invisible del mercado”, con el devenir del capitalismo y la revolución informáticodigital, ha transitado hacia una “mano invisible automatizada” gracias a la Inteligencia Artificial. La producción industrial se ha automatizado, reduciendo la parte alícuota de la fuerza de trabajo en el componente del costo de la mercancía, lo que implica trasladarla a la distribución y a la comercialización la concreción de las ganancias. Con la automatización de la producción industrial el capitalismo consigue orientar la explotación del trabajo ajeno a la distribución, comercialización y los servicios. Todo esto gracias a la eliminación del trabajo estable, los beneficios sociales y las pensiones que han convertido toda labor en una auto explotación, trabajo a destajo o, lo que es lo mismo, la plusvalía absoluta o aquella ganancia que se obtiene aumentando las horas de trabajo. Es decir, pese al gran avance tecnológico y científico no se labora menos, sino que los desposeídos han retrocedido al tiempo de la esclavitud, solo sin grilletes físicos o tangibles, sino mentales impuestos por la cultura del consumo y la ideología neoliberal.

En Inteligencia y maquinaria computacional (1950) Alan Turing afirmó que a fines del siglo XX hablar de máquinas que piensan sería algo aceptado sin ser rebatido. Jacques Ellul (1970) anticipó que las computadoras se convertirían progresivamente en el único modo de insertarnos en la realidad. Esta realidad nunca agota la complejidad de lo real, pues solo es una representación lingüística del mismo. En tal sentido, dada la pluralidad de lenguas de la humanidad (cuya imagen más conocida en Occidente es la Torre de Babel bíblica), presupone la existencia de un lenguaje unívoco y social que elimine la distorsión interpretativa de cada hablante y su valencia singular. De ser posible dicho código sería la “voz de dios” que deberíamos acatar sin dudas ni murmuraciones.

Es paradójico que el sistema capitalista que se fundamenta supuestamente en la libertad del individualismo acendrado promueva en lo económico un único lenguaje, cuya verdad nadie pueda discutir ni discrepar. Esta utopía añorada de la política y la cibernética había sido anticipada en 1949, por George Orwell en su novela 1984 donde leemos: “Le estamos dando al idioma su forma final, la forma que tendrá cuando nadie hable más que neolengua. Cuando terminemos nuestra labor, tendréis que empezar a aprenderlo de nuevo. Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos” .

Según el filósofo francés Éric Sadin (La Inteligencia Artificial o el desafío del siglo, 2018) la tecnología encarnada en el ChatGPT se ocupa de una función que hasta ahora nunca habíamos pensado atribuirle, y no solo porque no formaba parte de nuestro imaginario, sino porque existían limites formales para hacerlo. Gracias a las transnacionales de la informática ahora los dispositivos electrónicos están dotados de una singular perturbadora vocación: enunciar la verdad. Este poder otorgado determina todas las funciones que le son asignadas, pues su discurso ya no versa sobre la técnica, sino por su facultad de proferir el verbo, el logos, pero con la única finalidad de garantizar lo “verdadero”. Estamos ante una emergente potencia o poder conminatorio que promueve un movimiento de informatización de la sociedad iniciado a inicios de los años sesenta del siglo pasado.
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El espíritu humanista del Renacimiento, que afirmaba la libre facultad del individuo de modelar con su propio juicio su destino y futuro, gracias a la ciencia y la tecnología impulsadas por el modo capitalista de producción calzó perfectamente con el culto al individualismo de la modernidad cultural. Este egoísmo impulsado por el lucro, encarnado en un mercado libre que supuestamente beneficia a todos. Sin embargo, el crecimiento desmesurado de la administración digital del mundo atenta en modo extremo con el diseño de sí mismo propugnado por el ego moderno al abdicar de su propio juicio y subordinarlo a la cognición artificial supuestamente encarnada en la IA. El dogma y fundamentalismo religioso del pasado se ha transmutado en uno tecnológico y cientificista. Las formas colectivas y heredadas del lenguaje que impulsa la preponderancia del grupo en la vida social de acuerdo con códigos culturales solidarios han sufrido un descentramiento por la importancia excesiva y decisiva que ocupa la técnica en la sociedad de la era del capitalismo globalizado.

Como ha señalado Daniel Crevier (Inteligencia artificial, 1993), la redefinición de lo humano y sus procesos cognitivos por la expansión digital generará una conmoción como la vivida en el pasado cuando los cazadores y recolectores se enfrentaron a la agricultura, los campesinos y artesanos sufrieron las consecuencias de la primera revolución industrial. Solo que en este caso la única actividad dada entre los hombres sin mediación alguna de cosa o materia que determina su condición vital esencial, la pluralidad de voces, lenguas y la posibilidad de articular capacidades, voluntades y acciones en nuestra pluralidad y multiplicidad constitutiva se verá seriamente amenazada por la tendencia dominante hacia una homogeneidad tendencialmente unificadora denunciada precursoramente por Hannah Arendt en 1958. El otorgamiento de esta condición subordinada a la humanidad no proviene de un marco democrático, dialogante y respetuoso de las diferencias, sino de una imposición autoritaria y dogmáticamente fundamentalista.

Nos han expropiado una práctica vital de nuestra especie: la cháchara, la conversación, el diálogo. Al interponerse en la relación entre seres humanos impiden el nexo esencial y nos reducen a datos, hechos, objetos, porque las élites multimillonarias que gobiernan al mundo necesitan humanos bien adiestrados, entonces fabrican una humanidad a su conveniencia, casi a su imagen y semejanza, con el apoyo crucial de la mano invisible automatizada. Esta administración digital del planeta transforma una interpretación (la de ellos) en la verdad, la orden que se debe acatar sin dudas ni murmuraciones. En ese panorama, la escritura del arte y la literatura se constituye en la resistencia cultural pacífica que gracias a la imaginación y la conciencia crítica augura un futuro diferente, donde como decía José María Arguedas todo ser humano no embrutecido por el dios del dinero y la ganancia podrá vivir feliz todas las sangres, las voces, la unánime fraternidad solidaria de la vida.
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1  “La destrucción de las palabras es algo de gran hermosura. Por supuesto, las
principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero también hay centenares de
nombres de los que puede uno prescindir. No se trata sólo de los sinónimos.
También los antónimos. En realidad ¿qué justificación tiene el empleo de una
palabra sólo porque sea lo contrario de otra? Toda palabra contiene en sí misma su
contraria. Por ejemplo, tenemos «bueno». Si tienes una palabra como «bueno»,
¿qué necesidad hay de la contraria, «malo»? Nobueno sirve exactamente igual,
mejor todavía, porque es la palabra exactamente contraria a «bueno» y la otra no.
Por otra parte, si quieres un reforzamiento de la palabra «bueno», ¿qué sentido
tienen esas confusas e inútiles palabras «excelente, espléndido» y otras por el
estilo? Plusbueno basta para decir lo que es mejor que lo simplemente bueno y
dobíeplusbueno sirve perfectamente para acentuar el grado de bondad. Es el
superlativo perfecto. Ya sé que usamos esas formas, pero en la versión final de la
neolengua se suprimirán las demás palabras que todavía se usan como
equivalentes.” (G. Orwell: 1984, Edición Electrónica de www.philosophia.cl, p.43)
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Imagen: https://josekont.com

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